viernes, 16 de marzo de 2012

La Mapriora

Este apodo se lo encasquetó, con mucho acierto, su señor padre, asimilándola a las potestades de las que disfrutaba la madre priora de un convento de monjas. Desde muy jovencita le gustaba ya organizar y dirigir. Con el tiempo, sería ella quien llevara las riendas del pequeño taller de costura que, junto a su madre, hermana y alguna que otra operaria de temporada, montaron en su propia casa. Era ella quien se encargaba de repartir el trabajo y asignar las tareas domésticas, motivo por el que discutía frecuentemente con su madre.

Al ser la mayor, se creía con derecho de disponer sobre todo lo relativo  a sus hermanos, convencida siempre de llevar la razón y de que sus decisiones eran las más convenientes para todos. A su propia hermana, cuando se puso novia  y casadera, le buscó trabajó en el prestigioso taller de Doña María, que al poco la nombró primera oficiala y persona de confianza. Este hecho, valiéndose de sus relaciones con la notable clientela femenina para la que cosía,  supo aprovecharlo para conseguir también un buen empleo a su novio, en la naciente fábrica de papel de la celulosa.

Cuando le llegó la hora de trabajar al más pequeño de la casa, se negó en rotundo a que siguiera el oficio que su padre desempeñaba: “El niño no será albañil, será mecánico”. Su testarudez se tradujo pronto en su ingreso como aprendiz en un taller de cerrajería, convirtiéndose con el tiempo en un buen profesional de este ramo industrial. Su padre, hombre liberal y condescendiente, confiaba plenamente en el atino de su “mapriora”, y la dejaba hacer y deshacer a su antojo. Las pocas veces en que se le contrariaba entonaba una famosa frase, que en su boca se haría célebre: “En mí no manda nadie”.

Para muestra un botón. Allá por los años cincuenta, cuando sólo tendría 18 o 20 años, a pesar del tan temido “qué dirán” pueblerino, salvando la contrariedad de su propia madre, con el traje de marinero que le había regalado su novio, al terminar el servicio militar, se confeccionó un conjunto de pantalón blanco y camisa que imitaba a aquellos que lucían las famosas actrices de la época. Adornada con un pañuelo al cuello, unas gafas de sol y su melenita al viento, completó su hazaña paseándose descalza por la playa con el pantalón remangado, lo mismo que hacían aquellas primeras turistas extranjeras que aterrizaban por la costa granadina.

Esa foto en la que aparece con pose de modelo, es la demostración palpable de que era capaz de conseguir aquello que se proponía.

Fueron pasando los años manteniendo ese carácter poderoso: “nunca nadie mando en ella”.

Llegada la vejez, en su vida se ha cruzado sin avisar el “Señor Alzheimer” que poco a poco le ha ido arrebatando su potestad. En un principio se revelaba y le costaba trabajo aceptar directrices ajenas. A medida que su enfermedad se fue acentuando ha perdido capacidad para decidir, opinar e incluso pensar, quedando anulada prácticamente su voluntad.
Si este indeseable Señor le hubiera puesto sobre aviso de tal situación, se habría reído en su propia cara, no sin antes contestarle con su característico: “en mi no hay quién mande”.


Rosa Campoy (cuidadora e hija de "la mapriora")
Extraído de su Blog: http://decastroero.blogspot.com/2012/02/la-mapriora.html

martes, 7 de febrero de 2012

La tempestad, el naufragio y la calma

viejos

Casi desde el principio de su matrimonio sus vidas se vieron atrapadas entre tormentas y tempestades. Vivian juntos pero no convivían, apenas si compartían, no se comprendían y así fueron transcurriendo casi cincuenta años de complicada relación.

De repente, él que estaba acostumbrado a vivir bajo el mismo techo de  una mujer fuerte, independiente y de carácter, comenzó a comprobar cómo ella se apagaba, a verla confusa y envejecida.
 Un día le tendió su mano y ella no la rechazó.
“Hay que llevarla a un buen médico” decía cuando le expliqué la enfermedad que padecía (Alzheimer) y lo que eso significaba. No llegó a comprenderlo del todo.
A pesar de los nubarrones que se avecinaban, sus vidas dieron un giro tan impredecible como inesperado.
Desde entonces se desvive en atenciones, cuidados y mimos. A ella, aunque le costó, comenzó a aceptarlos. Ahora conversan, ríen juntos recordando momentos felices de su infancia y juventud. Comparten pequeñas cosas de la vida cotidiana y familiar.
Las tormentas del pasado se fueron disipando ante la nave del olvido.
Con el tiempo la terrible enfermedad ha comenzado a sobrevolar sobre él.
Pese a todo, el naufragio que lleva sus vidas a la deriva los ha inundado de cariño y comprensión, traducido en Calma y Paz, de la que siempre carecieron 

Rosa Campoy,
Cuidadora y formadora del Aula de Personas Cuidadoras de Distrito Sanitario Sur de Granada.

martes, 13 de diciembre de 2011

Vivencias y emociones (Parte 1)

Este vídeo está protagonizazdo por tres mujeres que han sido cuidadoras principales de su hermana, padre y marido. Eva, Ada y Manoli nos cuentan cómo han acompañado a sus familiares durante todo el proceso. Cada una, con su personalidad, carácter y su forma de expresarse, nos relata sus vivencias y emociones. También sus estrategias, consejos, dudas y miedos. Todo en un momento clave: la etapa final de la vida de su ser querido.  Tenemos mucho que aprender de ellas. ¡Gracias por vuestra gran aportación!


martes, 15 de noviembre de 2011

La esperanza anunciada


Saludo a todos los que quieran seguir mis reflexiones, pretendo con ello transmitir una visión distinta, donde el miedo no debe tener cabida, para comprender que vivir y morir no son palabras con significados antagónicos, sino una manera de proseguir un camino y un aprendizaje indistintamente de la edad y las circunstancias que puedan concurrir en el trayecto de una vida.
A través de las palabras aquí escritas, quiero contar una hermosa historia de vida, de vocaciones, de lucha y de aprendizaje, donde la enfermedad, el amor y el transcurrir por la vida se convertirá de alguna manera en un homenaje a los hombres y mujeres que luchan por aliviar el sufrimiento, y el trascender de un espíritu con honor en una magnifica experiencia humana.

Este blog "El Canto del Mirlo", tiene este curioso nombre por una vivencia muy especial. Ha existido un tiempo  muy difícil en mi vida donde algunas noches llenas de angustia con amargas y dolorosas esperas, en la última primavera que viví junto a mi hijo Jesús,  el canto del mirlo al alba me daba la oportunidad de valorar el presente, espantar al miedo y coger la esperanza con la punta de los dedos.
mirlo


















Este canto cadencioso, lleno de matices se tornaba como una oración  para seguir luchando, a desear con toda la fuerza del mundo que una terrible enfermedad no apartara a mi hijo de mi vida y que cuando llegara el día hubiese una solución  para no sufrir, para devolver una sonrisa a su cara y paz a mi alma.

Y un día el mirlo anunció una parada en el dolor, un paréntesis en la enfermedad, un trocito de tiempo para recuperar la normalidad. Llegaron unos médicos-ángeles, que pertenecen a un hospital con nombre de nobleza, de una ciudad anudada por un río y bañada por la luz. 

Ellos repletos de sabiduría científica, conocimientos clínicos y con la sensibilidad de las almas que conocen su propósito de vida, brindaron la oportunidad  a mi hijo de tomar las riendas de la suya, descubrir la dignidad para vivir y dejar fluir su esencia a pesar de la dureza de una enfermedad tan terrible como el cáncer.

Poco a poco iré contando los mejores momentos, anécdotas de su manera de entender la vida y su fuerza para enfrentarse a situaciones difíciles a pesar de su juventud. Demostró con valentía que vivir y morir puede convertirse en un acto de honor y de amor hacia su familia y sus amigos

Hasta la próxima entrada…


Amparo Carmona, texto extraído de su blog: El canto del mirlo en primavera

viernes, 4 de noviembre de 2011

Carta a la eternidad (2ª Parte)

(...) Al final, cuando el dolor era imparable, cuando los médicos sacaron su mejor voluntad pero sin encontrar la solución y se procedió a la sedación, hay una cuestión que me gustaría comprender, y a veces no puedo discernir si estabas conforme y eras plenamente consciente de tu despedida o en tu más intimo deseo era seguir  luchando, aun sabiendo que no había remedio.

Esta pregunta me tortura, los médicos dicen que tú sabias toda la verdad, y a mi parece a veces que sí, y que disimulabas por no verme sufrir.

Mientras yo rezaba para que Dios te llevara  pronto, para que no fueras consciente de que tus piernas habían empezado a morir, para que no notaras que te ibas paralizando poco a poco repleto de dolor y con los pulmones destrozados.

Siento la necesidad de saber como tu espíritu se enfrentó a la despedida de una vida que tú querías seguir viviendo, arañándole trocitos a una enfermedad cruel y despiadada. Tengo la impresión que te conformaste al final, y te entregaste convencido pero no vencido, que te dolió dejarnos, sabiendo como todos te queríamos, pero consciente de que tenías que seguir, para mejorar, para evolucionar, para dejar tu legado. No olvidaré mientras viva tu cara, tu expresión de dormir tranquilo, de paz, dejando de respirar y aprovechando el  momento oportuno cuando tu padre, tu hermano y yo, agarrados a tus manos hablábamos de la existencia de la eternidad y de un mundo mejor donde tu te ubicarías para siempre.

Atardecer

Ahora y desde aquel día disfruto la lluvia, las nubes grises y el color del cielo aguamarina, ya no importa la humedad ni que el sol no salga, ya tienen mis sentimientos grabadas en los mas profundo la hora mágica: a las cinco menos diez de la tarde del veinticuatro de diciembre de dos mil nueve, de alguna manera se parece a aquel día a las diez de la mañana de seis de abril de mil novecientos ochenta y ocho. Todo cambió para mi entre estas dos fechas, durante este corto tiempo tu existencia en mi vida forjó el amor, el orgullo, el honor y la satisfacción de haber sido tu madre.

Un beso y abrazo eterno, 

Tu madre, Amparo.
10 de Febrero de 2010 

Amparo Carmona, Carta a su hijo extraída de su blog: El canto del mirlo en primavera

viernes, 28 de octubre de 2011

Carta a la eternidad (1ª Parte)

Amanecer

He leído que la muerte de un hijo es una mutilación. Por eso me siento rota, incompleta, por eso cada vez que miro tu foto siento el dolor de un miembro amputado, no está pero  duele mucho.
Una frase asalta mi mente cada vez que miro a tus ojos en una inmóvil foto, te quiero, te añoro, siento tu ausencia como un agujero negro que me consume y me despedaza.

También he leído un poema, que me dice que la muerte es un cambio de lugar en la intemporalidad, es un no dejarte caminar por la hierba, ni asaltar ventanas cantando canciones de amor, no podrás disfrutar de un helado, ni de una caricia y unos ojos que te miren y unos labios que besar.  Te has cambiado de lugar, ya en tu cuarto no suena la música que te gustaba escuchar, no se oyen a tus amigos relatar historias de mundos fantásticos y personajes míticos. Ya no preparo café para seis, ni aparece tu ropa en la colada. Tú, ya en casa no estas. Sé que te has cambiado de lugar.

El destino me ha quitado la oportunidad, de ver que profesión tendrías, con que mujer te casarías, o que viajes realizarías. Solo sé que te has cambiado de lugar, que ahora habitas en la dimensión donde el tiempo no te envejece. A veces cuando me empeño en hablar  contigo, que aunque no oiga tu voz, yo te hablo desde el corazón y con el corazón te quiero escuchar, porque siento la necesidad de saber que estas bien, que todo lo que ha ocurrido te habrá dolido, pero que puede que el corto tiempo que pasaste con nosotros te halla llenado de tanto amor que te haya merecido la pena, disfrutar de esta corta estancia a pesar de todo lo sufrido,  que allá donde te encuentres disfrutes de la paz, del conocimiento, del valor de haber dejado un bonito rastro para que podamos aprender a ser valientes, honestos y fuertes.


A  veces pienso que llegaste a mi vida por algo muy trascendental, y que tengo que descubrir poco a poco para comprender si todo lo vivido por tì tiene algún sentido, ten la seguridad que eres fruto del amor mas sincero, que  tu padre y yo soñamos con tu existencia antes de que fueras una realidad, que cada momento que hemos vivido a tu lado lo hemos disfrutado, compartido y saboreado, los buenos momentos, y los difíciles también, sin que nunca fuera una carga, ni una molestia, siempre orgullosos de ti, aunque reconozco que no siempre estuvimos acertados. Alguna vez tu vitalidad en la infancia nos agobió, tu rebeldía en la adolescencia nos asustó, y tu fortaleza en la enfermedad nos impresionó (...)

Amparo Carmona, Carta a su hijo extraída de su blog: El canto del mirlo en primavera

jueves, 20 de octubre de 2011

Habitación 816

El día 12, coincidiendo con el día del Pilar, quedaste ingresada de nuevo en aquel hospital de Cádiz para no volver nunca más a casa con nosotros. A la vuelta de una semana, cuando consiguieron controlarte por fin esos horribles dolores de cabeza, ya con morfina, te derivaron y subieron a la Unidad de Cuidados Paliativos, en la octava planta, en la habitación 816 –jamás se me olvidará ese número-. ¿Qué era la UCP? Por su nombre no es difícil de imaginar. A nosotros nadie nos explicó nada. Pero lo fuimos descubriendo a medida que pasaban los días. De momento allí subimos los tres contigo. A esperar ¿qué? No lo sé. En principio esperábamos el milagro. Luego ya… esperábamos verte dejar de sufrir.
Diente de león
A partir de ese momento no recuerdo cuándo cambió todo, Susana. Sólo me acuerdo de esa gran incertidumbre que se apoderó de papá, mamá y de mi, por no conocer tu suerte. Y luego, ese miedo terrorífico que nos iba invadiendo cuando íbamos conociendo esa suerte. Cuando, poco a poco, día tras día, nos percatábamos de que esa maldita suerte no la podíamos cambiar nosotros. Y ¡qué impotencia!, hermana.

Al principio, en aquella habitación 816, tú no conocías la gravedad de la situación. No fue premeditado ni un pacto propiamente dicho, pero los tres enfrentamos de igual manera aquella situación. Cómo decirle a una hija, a una hermana que se está muriendo, cuando nosotros mismos no éramos capaces de aceptarlo. Cómo decirte, Susi, que lo que esperábamos allí era tu final, que ya no nos verías más, ni podrías cuidar de tus pequeños, ni volver a verlos. Cómo decírtelo.

Todo eso era tan duro. ¿Cuándo dejaste de hablarnos, Susi? ¿Y de mirarnos? ¿Y de moverte? No lo recuerdo con exactitud. Tan pronto hizo estragos el tumor, con qué poquitas migajas de ti nos tuvimos que conformar. En aquella habitación te mantuvimos aislada de todo y de todos. Y también repleta de AMOR.  Del mayor AMOR que pudimos darte. Qué menos, si otra cosa no podíamos hacer. Que menos que dedicarnos a ti en cuerpo y alma durante esos, casi dos meses.

Aquella maldita habitación fue testigo de tanto sufrimiento. Allí dentro tuvimos que tomar las decisiones más duras de nuestras vidas. Era tan duro dejar cada noche a papá y a mamá en tu habitación, pasando las horas allí, contigo, los dos juntos en la cama de al lado, descansando sus cuerpos agotados, pero sumidos en un sueño demasiado ligero y sobresaltado. Escuchando tan sólo el ruido de las suelas del calzado de las enfermeras del turno de noche al recorrer el pasillo y el sonido de tu respiración, a veces acompasada, a veces angustiosa –cuando sufrías alguna crisis-. Y rezando, seguro, para no dejar de escuchar ese sonido. Para que amanecieras a salvo. Un día más. Ese era mi mayor temor en aquellos momentos, que te fueras a ir de noche. Después de todo lo que estábamos pasando, quería estar contigo cuando llegase el final y ¡gracias, Susi!, me lo concediste. ¿Lo sabías verdad?

La imagen de ti en aquella cama, inmóvil, con un cuerpo que no parecía el tuyo, tus brazos doblados constantemente contra tu pecho, tus manos, tu piel dañada por los pinchazos diarios y esa expresión en la cara tan diferente, tan desconocida para nosotros… la guardo para mí, tan profundamente, tan dentro de mi ser que espero no vuelvan a mis pensamientos esos recuerdos tan amargos.

Hace poco leí un libro, “Viajeros en tránsito”, -lo recomiendo a todo aquel que haya sufrido o esté sufriendo una pérdida y se encuentre desorientado-. Cuenta, entre otras muchas cosas, que la persona que está esperando la muerte elige cuándo irse. A mi no me cabe duda de eso ahora. Cuando nosotros fuimos conscientes de ello, cuando entendimos, por fin, que así no podías seguir, aunque egoístamente no queríamos que te fueras, te pudiste ir. Y yo lo supe. No se cómo, pero lo supe. La madrugada del 29 de noviembre, mientras dormía a Adrián en mis brazos, ya pasadas las 12:00 de la noche, dije en voz alta: “hoy es el día”. Y esa misma mañana me despedí de ti.

Eva Suplet Gallego,  "Hace poco, mientras dormías..."
Más información: http://www.bubok.es/libros/176282/Hace-poco-mientras-dormias